¡OH, MORTAL! (prosa poética)
Sólo el tiempo transcurre perenne; tú no, mortal. Ni tu entorno ni el deseo de ser hijo de Dios para trascender. El reloj se encarga del recuerdo amargo. Tú sólo lamentas no ser eterno y morir cuando te parezca.¡Oh, humano! Es la perpetuidad la que te martiriza, porque no está en ti la sentencia ¿Qué has hecho con el razonamiento y el poder que se te ha conferido para doblegar a las bestias? ¿Acaso no aplastas a otros hombres? ¿Para qué, entonces, no morir e ir en persecución del tiempo con tanto escarnio, si llevas contigo el germen de tu propia desolación, y eres fecundo en guerras y padecimientos?Para qué, al fin, trascender el cuerpo en un alma deforme. Es ciertamente paradójico inmortalizar las ambiciones desmedidas y la maldad disculpada y el desprecio por la sabiduría y la felicidad perdida. Esa felicidad, ese regocijo que a Nietzsche le pareciera tan necesario para justificar la existencia.¿Eternización para el bienestar? ¿Por qué? -preguntaba Sócrates-, si éste deviene de la virtud. Y tú, oh mortal, ¿qué tienes de casto o incorruptible? No, no. El camino por recorrer hacia la virtud es más bien infinito. La perennidad, la inmortalidad es cosa de dioses y de santos. Tú, que has perseguido en todos los tiempos el vellocino de oro, no quieres soñar porque estás tras las riquezas, más no de la sabiduría. Tu inteligencia ha sido subordinada a afanes terrenales, al poder y al dinero.¡Oh, humano!, equivocaste la ruta y te has olvidado de la advertencia de Cristo. Te afanas en ser imperecedero y malogras la señal. Te has quedado sordo y ciego. Dijiste que vivirías hasta la muerte y no has cumplido (Antonio Álvarez Bürger, del libro "Hojas del Almario").